COMO DESENAMORARSE DE UNA MUJER

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Los guantes eran de un fieltro negro y barato. El equipo de acción táctico, envíado por CNI rodearon la yurta de Yole en su 41 cumpleaños. La inteligencia señalaba que los solía celebrar solo; escribiendo, meditando y practicando el baile ritual a Babalon que había popularizado. Los gritos, las advertencias y las linternas apuntaron hacia la nada: Viejas latas, un trozo de salchichón a medio comer y un montón de papelajos.

– Jefe, mira lo que nos ha dejado ese hideputa – El suboficial señaló una boñiga en cuya cima había clavada una nota, el olor de la boñiga subía fresco y reciente. Con repugnancia, intentando no manchar los guantes de fieltro negro y barato el capitán cogió la nota y la enfocó con la linterna:

Fuck the police comin’ straight from the underground

– A este mierdas lo han avisado- El capitán golpeaba la nota con su dedo índice, recalcando el mensaje – Siempre un paso por delante, y nosotros oliendo sus mierdas.

A patadas rebuscaron en la yurta y en su cagadero ecológico, a ostias reventaron unas estatuas de madera policromadas que representaban a Baco y su séquito.

– Sólo hemos encontrado esto, Capitán – Dentro de un platillo naranja, con un simbolo de un bastón rodeado de dos culebras había un pequeño manuscrito. El capitán leyó rápidamente el título

Todas las mujeres son unas brujas

– Guardadlo para el archivo de Intel, quizás extraigamos algo de toda esta cagada – El capitán montó en el cibertruck, bajó la ventana y aspiró el olor a gasolina quemada que ascendía de la yurta de Yole, era una pequeña victoria poder joderle el garito a ese cabrón.

Cuestiones más urgentes que la persecución de Yole llegaron a la opinión pública: la dimisión de la cúpula de ultraderehca, el hundimiento de las redes sociales en lo que se consideró la 4 burbuja de internet y al final el armisticio con el movimiento neo-arcaico. Eso implicó la amnistía para los crímenes de Yole y por ello Todas las mujeres son unas brujas cayó en el olvido. Hasta que Juan Diaz fue contratado. Más que contratado formaba parte de un flexicontrato, los cuales eran una medida del nuevo gobierno para instituir una forma de servicio público «más agil y acorde al ciudadano». Juan Díaz era un tipo distraído, apabullado por los miles de archivos inanes que tenía que ordenar se vio atrapado por el título del artículo de Yole;

Todas las mujeres son unas brujas

Díaz había oído hablar un poco de Yole, el movimiento que representaba había cometidos actos de violencia y sus ideas, que le habían explicado los colegas en el grupo del holodesk eran abtrusas y una craneada muy full. Pero con ese título no pudo evitar leerlo. No sabía que el tal Yole era un misógino, siempre había entendido que el movimiento neo-arcaico había atraído a gran parte del feminismo, y aunque él no compraba algunos argumentos del gobierno corporativo, y con las mujeres le iba medio bien y medio mal también tenía un gusanillo ¿Por qué Jesin era una bruja? ¿Esa sonrisa en la impresora escondía algo más? Ajustó sus virtual glasses, las puso en modo lectura cercana y se dispuso a leer:

Todas las mujeres son unas brujas

Todas es todas.

La etimología no es argumento sino pista: «Encantar», «fascinar» incluso algunos usos poéticos de «hechizar» revela que en los orígenes de las lenguas tenían clara la relación. Cada vez que te enamoras estás cayendo hechizado, te han lanzado un proyectil que te arrebata parte de tu energía, de tu dinero y de tu libertad. El mejor de los arrebatamientos, el voluntario. Y es que dado que como ha demostrado la física de vanguardia, la consciencia está en la base de todo proceso material resulta obvio, fútil e incluso aburrido señalar que en una cara de la moneda tenemos a una cascada bioquímica de dopamina, serotonina y oxitocina que provoca que los primates se apareen y por otro lado tenemos toda una operación mágica de la hembra contra el hombre.

Los mejores hechizos son involuntarios, como sabrá cualquiera que haya sufrido el mal de ojo, en esto, y a pesar de sus terribles supersticiones y paranoias las tribus primitivas tenían razón. Hay brujería detrás de cada cosa. Cada vez que el individuo medio se masturba, fantasea, imagina cómo esas bragas que ha visto en instagram se deslizan con un solo tirón de su mano está cayendo presa de un hechizo que él mismo está ayudando a tejer. Un hechizo que le hará llorar, maldecir, pelearse con sus padres, suscribirse a onlyfans… Yo aquí vengo a ayudar a romper el hechizo, y lo que voy a decir me jode pero es que había algo de razón en todos esos criminales que instigaron la caza de brujas: la mujer, libre y salvaje es peligrosa. Pero la solución no es quemarla a ella sino aprender a arder nosotros. El hombre debe, cual moderno prometeo, robar ese poder a la hembra, debe romper todos los amarrres, todos esos hilos invisibles que lo unen a todas las hembras que con una sola sonrisa lo han cazado. Las prácticas ascéticas ayudan, y no profundizaré en ello pero la clave es una mezcla de ascetismo y de robar esa magia nosotros mismos, ya que como habrán adivinado mis lectoras hembras estoy escribiendo como si el enamoramiento/deseo fuera unidireccional, no, aunque es asimétrico ya que el deseo masculino es más grosero y abundante y es por eso que el hombre debe, si quiere convertirse en un Adonis perseguidos por las diosas robar no sólo todas las armas del arte: Sigilo, susurros, oración y mirada sino la psicología y estética asociada a ella, que una vez fue magia: Selección, sutileza del lenguaje, piel pulida, oro y diamantes. La magia siempre ha sido sombra e ilusión y en ese juego, si compramos categorías como amor y nos olvidamos de categorías como encantamiento estaremos cayendo en otra nueva tela de araña, tejida por depredadores antiguos y poderosos.

Juan Díaz terminó de leer. Desajustó las virtual glasses y se secó la frente. Era interesante pero no debía dejarse de gilipolleces, había que papelear mucho. Durante esas interminables 3 y 47 minutos de jornada laboral estuvo mascando las palabras de Yole. Pensó que eran memeces, que era complicar algo sencillo, que si te gustaba alguien y había suerte pues algo surgía y que no era malo que te gustase una gyal. Era la parada para el café, fue al aseo, se echó proodour para la piel, y se ajustó la camisa. Llegó hasta la máquina esperando que estuviera Jenira. O no, mejor que no. No estaba. Extrajo con su payface un café de moca y lo bebió sin saborearlo, Jenira pasó y no miró a la máquina del café ni a Juán siguió andando y él, no pudo evitar seguirla con la mirada.

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