El moderno robo de la música

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Sonido humanamente organizado. Ya lo dijo John Blacking en su libro de 1973 «¿Hay música en el hombre?». Y es que dada la naturaleza instrumental de la consciencia humana es de esperar que cojamos dos palos y una piedra y probemos a generar sonidos que nos resultan curiosos, agradables y significativos. Recuerdo que en una de nuestras ingestas de psilocibina los colegas acabamos, pupilas dilatadas, boca semiabierta, golpeando rítmicamente, y de manera torpe, unos troncos como si fueramos primitivos antropoides y no postadolescentes murcianos en 2016. Hay cierto «archaic revival» como describía Terence Mckenna en tocar música y es que el mundo moderno nos ha expropiado la música.

Extraña aseveración. Seguramente en el presente hay más y mejores músicos que en cualquier otra época de la historia. Nuestra tecnología, nuestra capacidad de convertir petróleo, carbón, sol y gas natural en energía barata junto a una organización social compleja y numerosa ha permitido que mucha gente pueda dedicar durante años todo su tiempo y su atención a la música. Y ahí precisamente, en esa abundancia y especialización, que como regalo envenenado tan buen aspecto tiene, es donde se ha producido el robo de la música. Nos la han arrebatado.

La maldición de nuestra cultura es que ya no concebimos la producción de una manera lúdica. Para nosotros la utopía es el resort y el centro comercial, el buffet y el pase VIP. Hay tantas y tan buenas canciones que no tenemos tiempo vital para escucharlas todas y frente a eso, cualquier intento nuestro por producir nuestros propios sonidos humanamente organizados serán despreciados. Es que no entonamos bien, es que no tapamos bien los agujeros de la flauta, sólo nos sabemos dos acordes de la guitarra, no vocalizamos. Y así ya nos avergüenzan desde pequeños, resulta que para bailar hay que saber, para cantar hay que saber y para tocar un instrumento hay que saber y este hay que saber se convierte en gigantesca muralla que sólo se puede sortear yendo a aburridas clases o empezando a tocar el piano desde que uno tiene 3 años.

Y claro, la música esta guay, nos fascina pero al final la vida de uno y sus múltiples intereses te lleva a otros caminos y se acaba uno conformando con ser un insecto que en su cubículo responde los e-mails para los que ha sido entrenado para responder mientras que de fondo escucha los jugueteos ambientales del penúltimo disco de Burzum.

¿Ves la triquiñuela?

Te han robado la cartera, te:

 te mintieron, te vendieron ideas sobre el bien y el mal, te hicieron desconfiar de tu cuerpo y te avergonzaron de tu profesión del caos, se inventaron palabras de asco por tu amor molecular, te mesmerizaron con su indiferencia, te aburrieron con la civilización y con todas sus roñosas emociones.

Hakim bey team always

Y no siempre fue así, Félix Rodrigo Mora en «naturaleza, ruralidad y civilización» explica muy bien cómo la música formaba parte del paisaje popular, dedicada a amenizar las jornadas de trabajo, a cantar los problemas y chanzas de la villa, en copiar y modificar, cual moderno meme, los tópicos de la época.

Fijaros en este vídeo. A los gitanos les gusta mucho decir que llevan el flamenco en la sangre, dejadme ser puntilloso y corregirlo, lo llevan EN LA CASA. Vemos a Camarón, seguramente el cantante más grande de flamenco de todos los tiempos, compartiendo palmas, cante y quejíos con vecinos, familiares y conocidos. Algunos serían músicos de profesión, otros muchos no, pero no importa porque en la producción musical lúdica, espóntanea y sin odiosas comparaciones es donde no sólo se estimulan los grandes talentos de la historia sino que permiten que aquel, que nació, vivió y murió chatarrero, tratante de ganado o labrador, nos deleite, en una noche de invierno bajo el candil de una vela (es 2187 D.C, se ha producido el ecocolapso tecnológico) con el sonido humanamente organizado que es bello, verdadero y bueno.

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