En ningún patio trasero

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Los NIMBYs (Not in my backyard) reciben hostias por todas partes. Para el espectro productivista son un obstáculo para el bendito desarrollo industrial, para la izquierda ecologista es pura conciencia burguesa a la que no le molesta la central nuclear en sí, sino tenerla cerca. Son críticas sumamente injustas; dada la naturaleza humana es normal que nos moleste lo concreto y cercano y no lo abstracto y alejado. El problema no es que haya NIMBYs, sino que debería haber más; este tipo de protestas son una expresión del gran coste oculto de las economías extractivista, costes que suelen estar ocultos, de los que se benefician principalmente los peces gordos y que pagamos los demás. Es obvio que toda economía implica cierto daño en el territorio, y por mucha defensa del mismo que hablamos habrá que hacer ciertas concesiones y ceder en algo pero el nimby, por muy burguesa, hipócrita y contradictoria que sea su lucha, encarna en sí la semilla de otra forma de relacionarnos con el ecosistema. Quizás que los pijos cierren esa mina de silicio nos hace replantearnos si necesitamos millones de coches eléctricos y si no deberíamos en cambio transformar el modelo de transporte. El nimby es el sindicato de la naturaleza, y como el sindicato partiendo de lo particular y reformista se llega a lo general y revolucionario. Este hiato está preñado de posibilidades.