«Figth Club» es una historia de amor

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Sólo hay que ver el final, con los edificios derribándose, no me gusta romantizar la atracción que un bipolar carismática y profundamente esquizofrénico puede provocar en Marla Singer, una chica depresiva, pero es así.

Que sea una historia de amor no significa que Fight Club no sea también una sátira, un manifiesto, puro rol en vivo para hombres heterosexuales domesticados escrito por un narrador homosexual; maravilla secreta, como las pistas y escenas construidas, te vuelves a ver la película, por vez octava o novena, ya no soy adolescente, ya no estoy en la universidad, el tiempo me golpea de otra manera y escucho a Edward Norton decir en inglés (ojo que la película se tradujo en maneras diferentes, por ejemplo en inglés Brad Pitt le dice a Norton «Ikea boy») que tiene 30 años, casi como yo, a la mierda lo de que es una película para adolescentes.

Ojalá yo pudiera crear algo así, hay tantas capas de significado y narración… ni siquiera el mismo Chuck Palahniuck lo ha vuelto a igualar, y en estos días de caos geopolítico, donde los jóvenes vivimos peor que nuestros padres y oscilamos entre la anarquía y el fascismo es imposible no identificarse con el club de la lucha y el proyecto Mayhem, es el zeitgeist que habitamos, los extremos de una consciencia masculina que no es libre y que sólo mediante la locura y ser impredecibles, buscar una pelea y perderla, podemos atisbar la libertad.

No voy a ser ingenuo, la película en sí no es una solución, Tyler Durden es larpeo, fantasía, producto de consumo; depende del individuo operante y ambicioso coger las semillas de posibilidad y acción que una película sobre un polvo intenso en una casa en ruinas y convertirlo en acción concreta y real. Liberadora.

Ya no es como cuando tenía 18 años y veía Figth Club de una manera unívoca y obvia, ahora capto las heterogeneidades del asunto lo cual es clave, la vida misma está preñada de ellas y son condición ineludible de no darte de hostias contra un muro.

En fin, amigos, ha sido un momento clave, casi espiritual, una inyección de lo quiero ser, de los matices vitales que la madurez da y de todo lo que he perdido por el camino. Me voy a ver un clip de Tame Impala y apago el PC.