Hibristofilia en un pueblo de murcia

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He pasado muchos años de vida compartiendo historias con mi abuela, no sólo es el placer que produce escuchar a un ser querido sino que escuchar los hechos de su vida es una increíble ventana a otra época, donde las diferentes condiciones políticas, tecnológicas y culturales hacían que la vida fuera muy diferente a la actual.

Muchas de esas historias se centran en el matrimonio de mi abuela, un matrimonio muy desgraciado. Ese hecho, es algo que tengo tan incrustado en mi mente que me es imposible creerme los relatos mitológicos de los conservadores culturales, sí, aquellas historietas de matrimonios conservadores y felices, donde no existía el divorcio ni tinder y las mujeres eran recatadas.

Y es que mi abuela Paca, y sus tres hermanas (Virtudes, Josefa y Dolores) se casaron muy mal, con hombres que frecuentaban otras mujeres, algunos con una ética dudosa del trabajo, otros borrachos y violentos casi todos. Y me extraña, porque sí, conozco el fenómeno de la hibristofilia, esto es, la atracción femenina a hombres malvados y violentos; ejemplos famosos son las admiradores de los asesinos en serie o aquellas hembras que defienden a su maltratador y le perdona las hostias que recibe. Sí, conozco y creo en tal fenómeno pero me extrañaba en mi abuela y en todas mis tías abuelas que, hasta el punto en el que las conozco, fueron mujeres trabajadoras y que sólo querían paz y poder prosperar en la dura españa de la posguerra.

Hoy, mientras conversaba en la cocina con ella (el olor del cocido la llenaba: pollo, cerdo, zanahoria, patatas…) he tirado del hilo y he descubierto un aspecto no tan obvio de la hibristofilia y sobre cómo funcionaba en el mundo de ayer: Básicamente espantaban a los otros pretendientes. Mi abuelo ya informó de que se quería casar con alguna de las hermanas: O Josefa o Paca o Dolores. Con Josefa no pudo ya que Simón, el pregonero del pueblo, le sacó un revolver a mi abuelo Pepe y le explicó lo que le sucedería si se acercaba a Josefa, la imagen de Simón, un hombre que no llegaría al 1,60 acojonado a mi abuelo, que era todo un bigardo para la época, es muy graciosa; aún nos reímos mi abuela Paca y yo cuando contamos esa historia. Pero no os apenéis por mi abuelo Pepe, poco después tiró a un pretendiente de mi abuela por estas escaleras:

Le sacó un cuchillo a mi abuela, diciendo que debía ser suya, se peleó con su futuro cuñado ya que mi tío abuelo Gaspar estaba harto de verlo rondando y efectuó amenazas varias a otros roneadores. Al final mi abuela, queriendo casarse para poder dejar de servir, y debido también a que mi abuelo pepe había difundido rumores maliciosos sobre mi abuela, decidió juntarse con él, craso error querida abuela.

¿Por qué he hecho este ejercicio de memoria familiar? no sólo porque sea una historia con la que estoy íntimamente relacionado sino porque en ella se esboza un aspecto de la hibristofilia del cual no se habla apenas: No es sólo que la tríada oscura de la personalidad sea atractiva sino que en ciertos entornos, a pesar de la autodomesticación civilizatoria de la que habla Gregory Cochran en ciertos entornos ser violento, manipulador y agresivo te permitía librarte de tus mansos y bonachones rivales.

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