Mañana de Domingo

Tiempo de lectura: < 1 minuto

El calor aún no era pegajoso, sino luminoso y con la frescura propia de las calles abandonados. Maruja, cuyo marido Rubén murió hace poco, dice que estoy hecho un buen mozo. Vamos a Catral, visitamos a los abuelos. Mi madre entra al chino, a comprar un grifo para la ducha y yo me quedo en el Nissan verde, escuchando música, suena El Canto del Loco y durante unos minutos soy feliz: soy joven, guapo, tengo dinero, como bien y puedo escuchar música. Llegamos a Catral y me explica mi abuelo cómo funcionan los perros de caza, y las historias de los suyos, tuvo uno mitad lobo, negro como una aceituna, leal y cruel. Mordía a traición a todo el que pasaba a su lado.

Media hora antes de esto estaba pensando en mí proceso de escritura, gran parte de la energía del mismo es por una necesidad comunicativa; me gusta evacuar ciertas ideas y conectar con los otros, en ese sentido soy un peón de un gran proceso del espíritu, transracional e histórico. Abrazo ese hecho. Pero para ello debo pelear ciertos obstáculos, como mi uso compulsivo de redes sociales y demás destructores de la Dopamina. Mi maná es precioso y no debo desperdiciarlo.