Mi profesor de tecnociencia, naturaleza y sociedad

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Anoche me llegó la fatal noticia, Eugenio Moya Cantero había muerto, tras pelear dos años contra un cáncer. Qué terrible esa condena a muerte anticipada y biológica, esa proliferación absurda e interminable de células que se tumoriza y nos invade como una parodia absurda del hecho biológico.

Tengo buenos recuerdos de Eugenio, me dio clases hace ya 9 años. Dos cuatrimestres, en el primero <<teoría del conocimiento>> y en el segundo <<tecnociencia, naturaleza y sociedad>>. Me compré su libro, el típico en el que ibas al Diego Marín de Espinardo y te dejabas la pasta:

Fijaos si yo era pringado que los fines de semana me dedicaba a darle caña los ejercicios escolares que allí aparecían, otros estaban de fiesta pero yo era así, mi kairós era el del estudiante. Recuerdo que en las clases el debate siempre era intenso pero lleno de alegría y de humor, y ese es el principal recuerdo que tengo de Eugenio, que había muchas risas y cachondeo, allí la filosofía volvía en cierto sentido a lo que en muchas ocasiones entre las clases ociosas atenienses, un complemento al vino, la compañía y la buena comida. En una de las primeras clases, y este recuerdo está surgiendo ahora, casi espontáneamente, dijo que el quería alumnos «con hambre de conocimiento», preguntones, inquisitivos, que no quería «ostras, cerradas en su caparazón». Creo que le correspondimos bien en mi curso, que es por el que puedo hablar: Estábamos deseosos de guerra dialéctica, de debate encendida. Buscábamos la grieta por dónde fuera. Y le agradezco a Eugenio eso, que nos diera esa libertad, porque ahora con los años me he vuelto conservador y cada vez creo más en esa enseñanza pitagórica de guardar silencio durante un año, porque el que nada sabe nada puede aportar. Pero fue sin duda una gracia gratuita, que diría Aldous Huxley, y todas esas locuras que salieron por mi boca (me estoy acordando ahora de una defensa que hice del jacobinismo en su sentido más peyorativo) pudieron ser vomitadas y en la hormesis dialéctica aprendí un montón.

Yo esperaba con muchas ganas el segundo cuatrimestre. Y es que aunque ahora es casi lugar común, debido a la inminente distopía dataísta, en el aquel contexto el debate filosófico de actualidad, sobre el carácter de la técnica y su relación con la sociedad era muy minoritario. De tal manera que a muchos de mis compañeros no les interesaba, más centrados en aspectos doxográficos, epistemológicos y/o metafísicos. En mi Eugenio encontró a un converso ya convertido, venía de leerme, releerme y rereleerme «industrial society and its future», tenía un pasado tylerdurdeniano y de devorar toda la literatura anarquista sobre la dominación técnica. En Tecnociencia, los debates eran aún más locos, ya que tocábamos la eugenesia, los límites de la tecnología y lo que significaba el poder. Ya se lo advirtió Eugenio a un alumno «cuidado con la bola de nieve» (él sabe quién es), y es que empezábamos hablando sobre la imposibilidad de conocer la realidad nouménica y de ahí extraíamos la inutilidad de toda ética y el deber pragmática de implantarnos rayos de plasma en el pecho. Eramos jóvenes y salvajes. Y 2011, coincidió con el 15-M al cual la facultad de filosofía se lanzó, como happening generacional que fue, debatimos casi toda la clase con él, ya que él era escéptico respecto a que el microcosmos asambleísta tuviera aplicaciones en una escala general, en ese momento lo vimos como una crítica generacional y conservadora pero, aunque el 15-M transformó la política española, él tenía razón en su crítica. Ah, Eugenio, y permiteme hablarte directamente aunque para ti el otro lado fuese un ficción consoladora, no voy a olvidar ese tipo test en el que teníamos que elegir entre «técnica en Aristóteles» y «tejné en Aristóteles». Existen acertijos Zen más sencillos.

El curso terminó con la lectura de «normas para un parque humano» de Peter Sloterdijk y la lectura de la crítica que le hizo Habermas, y aunque sin duda las matizaciones de Habermas tienen sustento el libro de Peter sigue molando mucho más, mejor escrito, más malvado. La tríada oscura también nos afecta a los hombres. Al final Eugenio se mostró muy orgulloso, nos expresó que había sido un gran curso y terminamos todos con un sonoro aplauso.

Posteriormente, ya con el TFG, recuerdo que Eugenio fue el profesor más elegido como tutor, algo tendrá la fuente si la gente iba ¿No? y aunque yo tengo un mal recuerdo de mi trabajo, ya que elegí un tema muy heterodoxo que ni supe enfocar bien ni tampoco comprendió el tribunal, recibí la felicitación privada de Eugenio, al cual le sorprendió que usara al lingüista George Lakoff. Por último me arrepiento de no haberme podido sentarme al lado suyo en la cena de la graduación, ya que eso eran risas aseguradas.

En fin, descansa en paz Eugenio.

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