SIMTICENS: Exploraciones sobre el juego

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Etológicamente se entiende el juego como un comportamiento, muy común entre mamíferos que permite entrenar habilidades, con bajo coste y riesgo, además de fomentar vínculos y lazos entre los individuos. Frente a la esclavitud del trabajo el juego aparece como un espacio de libertad y gozo, de ahí que muchos autores, de maneras muy diferentes (Paul Lafargue, Alan Watts, Bob Black, Mario Luna…) hayan explorado las formas en que juego y trabajo se contradicen y unen, y siempre explorando el ideal utópico de transformar al Homo faber en Homo ludens. Y es que el juego no se define exactamente por el contenido, hay actividades muy esforzadas y agotadoras que son muy divertidas, como la mayoría de deportes y hay tareas, sencillas, que se hacen insoportables. Dado esto, tanto estos autores como yo mismo hemos explorados qué características laterales del juego podemos transplantar al trabajo, para, al mismo tiempo que ganamos pasta podamos divertirnos. Introducir recompensas, tener una mentalidad más juguetona y hacer más agradable ciertos espacios pueden ayudar a qué conectemos mejor con nuestra dura tarea pero ya desde aquí os advierto, después de un año trabajando como mozo de almacén e intentado aplicar esta hipótesis os puedo decir que llega un punto en el que es imposible, el trabajo es una mierda y hay que tragársela.

La esencia del juego, la cual es imposible de trasplantar al trabajo, es que el juego es inútil, el juego no es serio, el juego no busca mejoras concretas ni ganancias materiales. Eso explicaría el cambio en la percepción que sufre un jugador de fútbol cuando pasa de ser un novato que se divertía en las canchas a ser un jugador profesional. Precisamente el fútbol es un ejemplo de que aunque la satisfacción total es imposible en este proyecto si que existe la posibilidad de trasplantar muchas de las características del juego (tribalismo, puntuación, reglas concretas, mezcla de azar y habilidad…)

Recuerdo una historia que cuenta Quile Nense, el antrópologo que estudió a los betare de la selva amazónica, que es muy ilustrativa:

Salh- inn estaba indeciso. Esa mañana partió solo de caza, era hombre soltero y en el pasado, debido a un problema que había tenido con el culto al Bajw, estaba excluído de las partidas colectivas de caza. Él me contó que eso no le importaba, disfrutaba de estar horas y horas acechando, persiguiendo y lanzando sus precisas flechas impregnadas en el mortal ungüento. Esa mañana dio caza a un gran tapir, una gran alegría lo embargó, al menos eso deduje de su sonrisa mientras me lo contaba, y su único problema, me dijo alardeando, era a qué mujer soltera le ofrecería la dádiva para intentar ganársela, una era más amable con él pero también le gustaba menos así que se decidió por otra con la que, no lo cuentes me susurró, pudo gozar unas cuantas noches

Nense, Quile. Exploraciones en el oeste amazónico. Editorial Chipre.

Aquí se puede ver cómo la naturaleza primitiva de la caza funcionaba, tal como explicó Ortega y Gasset en «el origen deportivo del estado» como una fusión de guerra, empresa, deporte y juego, cómo una lúdica expresión del germen patriarcal. Por todo esto, y dado los límites de la fusión entre juego y trabajo podemos explorar muchos tipos de alternativa, yo he estado pensando en usar el juego, como una forma gratuita y poco esforzada de recompensa ya que, como sabe todo domador y psicólogo conductista para generar y mantener una conducta dada hay que mezclar castigos y restricciones con recompensa. Y es por eso que cada vez que sienta que no puedo seguir con la tarea dada, que la maldita procrastinación acecha, estableceré como recompensa jugar al juego de las cartas Zener:

Este juego, hijo de los tests y experimentos parapsicológicos consiste en intentar adivinar las cartas. Además del aspecto lúdico me interesa investigar y entrenar las capacidades extrasensoriales, las cuales al parecer están algo atrofiadas si las comparamos con las que podemos ver entre cazadores-recolectores. Y es que si aceptamos la existencia de la telepatía, y que como toda habilidad es entrenable entonces no nos debe extrañar que en un entorno salvaje, donde la incertidumbre es mayor, los individuos entrenaran natural y espontáneamente ese sentido que te dice «no, por aquí no».

reflexión final: ontología simticens

En «el libro del tabú» explica Alan Watts que la metáfora hinduísta sobre la realidad es que esta es una ilusión, un gran juego que un dios todopoderoso juega consigo mismo, al igual que nosotros nos olvidamos de qué somos oficinistas y durante horas somos Super Mario, Kratos o un guerrero orco de nivel 85. En este juego el mismo dios, encarnado en todos nosotros, se olvida de su naturaleza fundamental y se identifica con los dolores y placeres concretos que todo individuo experimenta. Esto explicaría el absurdo y crueldad de la existencia y al mismo tiempo nos permitiría entender por qué la experiencia mística, la cual es universal y transcultural, suele enseñarnos que los fundamentos de la realidad son el gozo, la beatitud y la belleza. Yo llevo más lejos esta metáfora/hipótesis y señalo que tal como el juego, etológicamente es un entrenamiento para la vida adulta, quizás esta vida sea un entrenamiento para otra realidad, ahí es donde todas las mitologías transmundanas cobrarían sentido, ya sea no pecar, ya sea construir el cuerpo de diamante, ya sea salir de la rueda del dharma, esta realidad sólo es la primera puerta, o nivel .

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