Soy un macho beta

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En el mejunje de mi sangre, esa doble serpiente encadenada llamada ADN, se acumulan potencias, tendencias, traumas y configuraciones del ser. Exploro mi libido, el contenido concreto de mi Eros, y ahí hay ñoñería: Cuerpos entrelazados, ojos que se miran y se dicen te amo, manos suaves que se deslizan sobre pieles blancas. Hay poco de mi abuelo paterno, no hay rastro del rapto de Europa, ni el agacháte zorra, ni gargantas atragantadas, al borde del vómito, por el pene. Quizás son siglos, milenios, eones de homínidos siendo complacientes, intercambiando provisión y pacífica protección a cambio de sexo regular y compañía. Las miserias del matrimonio, poco excitante pero seguro y cómodo.

Todo esto es un problema, y también una oportunidad en el mundo actual. La pacificación del mundo, la destrucción de la violencia directa patriarcal está articulando un competitivo mercado sexual donde los machos betas debemos recuperar, en formas más o menos sublimadas, las técnicas, actitudes y mentalidad de esos coñobreakers de los cuales descendemos (apenas) evolutivamente: Autosuficiencia emocional, forzar los límites de lo aceptable y aprender las técnicas del divino márques, imitar (sagrado aprendizaje) a las bestias pardas, a los poderosos Gilgamesh y Enkidu. Esta recuperación, sanación de un trauma infantil (un niño gordito mirando al suelo avergonzado) y ancestral combinado con la compasión, valor ético, civilizacional y religioso, puede llevarme a un nivel superior.