Una sensación gris

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Mañana cumplo 30 años.

A nivel biológico no notaré nada especial, los cambios son constantes, como placas téctónicas que mugen bajo mi epidermis. Mi verdadero cambio es a nivel simbólico pero, evitemos este error plis, no se entienda el símbolo como humo, aérea condensación que apenas toca la carne, no nada de eso. El símbolo está incrustado en los centros límbico: Palabra, placer, dolor, euforia y satisfacción. Un nudo gordiano esencial.

Mañana es el día del rito, y a mí no me apetece entregarme al ritual propio de la España Postmoderna: Irnos todos a comer, gastar pasta y después llenar nuestro cuerpo de estrógenos (también conocido como cerveza). No me apetece y creo que en estas cosas hay que escuchar a la intuición, que es la jefa de la razón. El problema es que no me apetece lo otro, a saber, estar recogido en casa, meditar, hacer sigilos… No me apetece nada, neither-neither, que diría Austin Osman Spare.

Quizás debo abrazar esa sensación gris.

Intuyo, me viene la idea mientras escribo, que así es cómo se siente la liminalidad absoluta, el ser-en-la-frontera. No es agradable ni desagradable, es raro pero no creo que oponerme, resistirme, en suma, fruncir mi ceño,sea la respuesta. A los daimones se los convoca para la alianza y futura guerra contra el enemigo, no se les combate en un absurdo odio contra el otro-yo.

¿El texto se queda corto no? Podría añadir alguna banalidad más, desarrollar más esto, lo otro y aquello pero ni quiero ni puedo ni debo.