Una síntesis sobre el viejo problema del deseo

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Los grandes problemas tienden a permanecer, a ser una pregunta constante que cómo monolito provoca el florecimiento de artefactos lingüísticos/semióticos/culturales. La cuestión del deseo, de ese contrato para ser infeliz, está en la raíz seminal, consciente e inconsciente, de la mayoría de religiones y filosofías morales. Humildemente, gracias a mis lecturas y experimentos personales creo que me estoy acercando a una síntesis, de viejas posturas enfrentadas, que pueden ser de interés:

El deseo, y la incapacidad para satisfacerlo es el viejo y gran problema, bajo esta pregunta unívoca se convocan multitudes de problemas concretos, aquí pretendemos operar con principios generales que funcionen como una guía rápida con la que poder actuar, de manera rápida, ante estos problemas. Una vía para trabajar este viejo problema es el ascetismo, llámese budismo, estoicismo, cinismo, ermitañismo, epicuréismo (1), grosso modo todas estas filosofías consideran con razón que el placer es un pozo infinito, una sustancia adictiva, la zanahoria que empuja al caballo a una constante carrera inútil. En este mundo de abundancia y sobreestimulación, donde los ayunos de dopamina son trendy, sin duda son filosofías que dan en el clavo y dignas de estudio y consideración. Pero hay un viejo problema en estas filosofías ya advertido dentro de diversas corrientes del budismo, el problema es:

«Buscar un estado de no apego al deseo ¿No es una forma de deseo en sí misma?»

A lo que añado otra crítica de corte nietzscheano, la plenitud, tragedia, dimensión y riesgo de la vida es hundirse en el barro y mirar el abismo, renunciar al deseo es como aparecer dentro de un campo de fútbol y no querer jugar al juego, estarás allí parado, te abuchearán y te tirarán pelotazo. Ahí es donde otro tipo de filosofías, maquiavélicas, nietzscheanas y vitalistas aparecen, estas señalan que el jugo de la vida consiste en pelearla, morderla y saborearla, que hay aceptar la responsabilidada, la libertad radical y el riesgo. El problema de estas filosofías es el denunciado por las filosofías ascéticas y que podemos resumir en el destino de Napoleón el corso, después de ser, en la práctica, emperador de Europa, acabas en una isla, rumiando la vida, el abandono y la muerte lenta por envenenamiento. Nos queda otra forma de ver el mundo, la cual no encuentro en ninguna tradición concreta así que en la práctica, y aunque haya serendipias no percibidas, es invención mía: el cultivo de otras libidos y deseos. Es muy difícil rumiar la derrota y la frustración, esa ponzoña del veneno denunciada por Buda, si uno está abierto a tantos deseos que el foco se colapse. Quizás el deseo de ser rey de Europa ya no esté pero está el deseo de observar los pájaros, de saborear el rico pan, de leer un buen libro, de meditar en un sólo punto.

Estas son las tres corrientes y la síntesis es practicarlas las tres de manera radical y gozosa, no te será fácil pero verás que más que contradictorias son paralelas; el ascetismo construye un poder y valentía con el que poder perseguir deseos que energizan el tono vital con el cual conectar con esa multitud de libidos que provocan a su vez un estado deseante no compulsivo ni ansioso sino jovial, una cornucopia mental donde siempre hay espacio para placeres, nuevos y no obvios.

Todo esto que explico está en un tono abstracto pero si sabéis bajarlo a tierra, he dejado bastantes pistas, podréis llegar a lugares muy interesantes.

NOTAS

(1) A pesar de lo que mucha gente piensa el epicuréismo no es una filosofía hedonista sino una reivindicación de la autonomía del espíritu y del disfrute moderado de los placeres sencillos como la conversación, la comida frugal y el conocimiento.